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Los colores de Cuba atraen a los turistas

Los colores de Cuba atraen a los turistas

 Lo colorida de la sociedad cubana constituye hoy un motivo de atracción para viajeros de todo el mundo, cromatismos que no solo tienen que ver con el entorno, sino con la alegría de los lugareños. Para una buena parte de los cubanos, las ropas deben tener tintes brillantes, traslucir la actividad de sus vidas, las sensaciones, agradables o amargas de una existencia concedida por el día a día. Por lo general les gustan mucho los colores vivos: rojo, azul, amarillo. Su sentido de fiesta los impulsa a vestirse, en la medida de lo posible, con esos matices. Pero también son los colores del alma y buen ejemplo de ello lo aportan religiones locales como es el caso de la Santería o Regla de Ocha, traída del África hace mucho, donde sus dioses están identificados con un tono particular. Cada orisha o dios yoruba tiene su color, su fecha, su día de la semana, su atuendo y sus comidas, sus formas de veneración. Muchos de ellos incluso poseen varios caminos o avatares en los que se comportan de diferentes maneras hasta el punto de contradecir bondades que son paradigma de su nombre en el sendero principal. Esta coloración también está impregnada del clima tropical, donde el follaje presenta brillos muy particulares, marcados por los contornos muy verdes que aporta la clorofila; flores tan comunes como el Marpacífico, se presentan en tonalidades del rojo tenue al punzó. Considerando tales mezclas, el color es un símbolo de la vida en Cuba devenido tal a través del carácter, los variadísimos orígenes de las familias y el distintivo sello africano resalta en esas comparaciones. Por ello, algunas tonalidades de ciertas deidades poseen variaciones en la mayor de las Antillas, adecuadas a la historia y el sentido de la vida en el Caribe. También se impone el sincretismo, donde se ofrece una gama de santos católicos en simbiosis sicoreligiosa con los dioses africanos. Quizás el más distintivo dios de origen africano sea Elegguá, representado por un negro bajito, o a veces una muchacha, coloreado de rojo y negro, y con dibujos faciales en amarillo, que lleva en la cabeza un sombrero o pañuelo y, en la mano, un palo de monte doblado en punta. Ese garabato se emplea para apartar la hierba antes de cortarla con el machete en las labores agrícolas. Lleva también un habano en la boca y se ríe a mandíbula batiente. Está considerado como la primera presencia del panteón yoruba, es el dios que abre los caminos. Su fecha es el primero de enero y se sincretiza con San Antonio de Padua o el Niño de Atocha. Orula, en tanto, es el dios adivinador, con atributos entre amarillo y verde, tiene su tablero para la magia. Obatalá es la blancura, dueño de las cabezas y de la pureza creadora del mundo. Por supuesto, su color es blanco, su fiesta es el 24 de septiembre y se sincretiza con la Virgen de las Mercedes. Yemayá es la dueña del mar y, por lo tanto, acapara el azul. Sin embargo, los colores son toda una fiesta y a veces se rompen ciertas reglas ceremoniales con tal de lucir elegantes o, simplemente, llamar la atención, vivir. De ahí que al margen de la religiosidad, los colores identifican la belleza de la isla, y sus motivaciones.

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