No hay explicación definitiva para esa querencia, pero existe. Tanto la estatua del llamado Niño de la Bota como su leyenda han dado pie a una de las tradiciones más caras al pueblo de la central ciudad de Santa Clara, capital de la provincia de Villa Clara.
La escultura actual del desenfadado Niño de la Bota está enclavada desde 1989 en el Parque central Leoncio Vidal Caro y es obra del destacado escultor cubano José Delarra. Forma parte de un entorno hermoso y privilegiado de la urbe, pues está en la compañía de monumentos a Marta Abreu, la benefactora de la ciudad, una fuente, glorieta, una suerte de conjunto que hacen de ese sitio un complejo cultural y arquitectónico único.
Y lo más extraño es que el tal Niño o pilluelo encarnado por el bronce de la estatua no desentona nada en aquel lugar de alegría y paz, tal vez porque simbolice el amor de los transeúntes a la niñez desvalida que al fin y al cabo representa ese inocente.
Es además de la imagen de un niño infortunado, la plasmación de la persona lista e inteligente y pícara que casi todos queremos ser en esta vida, tan libres y voladores si es preciso como Peter Pan. ¿O me equivoco?
Hay que destacar que el mito y la estatua del Niño… son de más vieja data que la fecha señalada para su actual pequeño monumento. Dicen que la primera escultura, hecha con una aleación de calamina, era de factura italiana y fue colocada en una plaza céntrica en 1925 ante la popularidad adquirida en la ciudad por ciertas figurillas ornamentales que procedentes de una industria manufacturera estadounidense se vendían con éxito.
Ese ornamento reproducía a un niño tamborilero, un pillete de la calle que según la historia solía acompañar a las tropas norteamericanas durante su Guerra de Secesión y con sus viejas botas en mano guarecían de agua potable o algo así, a los soldados sedientos en medio de las batallas.
Una función dura y terrible para esos infantes sin familia y protección, pero que ellos asumían para sobrevivir.
Aun sin conocer bien el origen de tales estatuillas, ajeno a su realidad, fueron aceptados con simpatía y sensibilidad tales figurillas.
El tiempo y un ganchito, como dice una frase popular por estos lares, armaron la leyenda villaclareña, hoy considerada tan genuina como cualquiera. Tanto, que hay una distinción cultural, destinada a creadores y artistas destacados nombrada con el corazón El Niño de la Bota.
Ah, la vieja estatua de 1925 fue retirada por largos años, desde alrededor de 1940. Luego, después de enero de 1959, se volvió a colocar en un lugar muy visible, sobre la base de una suerte de botecito de granito creado con tal propósito.
Luego fue vandalizada, con el robo de su famoso calzado y el destrozo de sus pies con un arma contundente. El pueblo se indignó, pues a esas alturas el símbolo ya era todo un ícono. Hasta que se hizo la obra de Delarra. No hay duda, golfillo o Peter Pan redivivo, hablándonos de sus sueños y travesuras, el Niño de la Bota parece será eterno en Villa Clara y en nuestra rica cultura popular, muchas veces de raíz cosmopolita.