La Isla de la Juventud, nombrada antiguamente Isla de Pinos hasta 1978, muestra entre los valores patrimoniales de su pasado colonial algunos vestigios históricos del ingenio o fábrica de azúcar de caña La Esperanza, en el mismo sitio donde estuvo enclavado.
Y como en Cuba es importante todo lo vinculado a la industria que fuera pilar de su economía y parte esencial de su cultura nacional, hoy se preservan los restos añosos de esa fábrica, inaugurada el lejano primero de noviembre de 1867.
Estaba situado entre la Loma de Bibijagua y el Estero de Simón, cuentan lugareños que hoy está a varios metros de la carretera, poco antes de alcanzar la afamada playa Bibijagua, también conocida como Arenas Negras.
En 1967, a 100 años de su fundación, aún existía una rueda dentada y las paredes y en 1969 existían varios vestigios de donde estuvo el Central Azucarero de Isla de Pinos.
Hoy, aparte de restos de antiguas paredes antiguas, hay una escultura que ratifica la importancia del lugar.
Localizados a varios metros de la carretera y antes de llegar a la playa, bajo una arboleda se pueden observar muros de ladrillos, tejas y piedras que conformaban la parte central del ingenio con sus trapiches que extraían el jugo o guarapo a las cañas.
Esos muros, en uno de sus lados, han sido atrapados y levantados por las raíces de los árboles. De esas paredes de mampostería se bifurcan a partir de lo que fuera el resistente horno de ladrillos, de lo que hoy solo queda un pozo profundo y algunas estructuras.
También sobrevivieron otros muros construidos casi todos en piedra, mientras que más alejados de ese núcleo hay restos de piezas de mármol. Dispersos están como clavados en el área tres grandes tornillos de hierro con sus roscas.
El ingenio La Esperanza fue propiedad del señor Alejo Salas y España, pero no disponemos datos concretos de las razones de su declive, posiblemente determinado por las consecuencias de dos guerras libertarias registradas en el país después de su fundación.
Las tierras siempre fueron muy fértiles y buenas para las plantaciones de la caña de azúcar, pero faltaba la fuerza de trabajo, el gobierno colonial daba pocas garantías a la producción y en cierta medida afectaba la incomunicación de la zona.
A fines del siglo XIX su propietario fundador desistió del negocio y vende la propiedad al estadounidense Norman Nelson, quien no fabricó azúcar.
Ya a principios del siglo XX era pura historia y en su enclave solo quedan restos. Dicen que fue totalmente desmantelado en tiempos de la Primera Guerra mundial.
Sin embargo, por mucho tiempo se conservó el llamado Tren Jamaiquino, aunque las calderas y otros elementos originales fueron a parar lejos de allí.
Cuando se dice Tren Jamaiquino no se habla de un tren o ferrocarril real, sino de una nave o estructura de ladrillos que más bien parece un largo fogón.
Allí radicó una suerte de túnel de fuego que admitía las pailas o fondos de metal hemisféricos.
Según entendidos el azúcar que se producía en el central se nombraba azúcar mascabado y era el producto más puro y natural entre los de su género en todo el mundo. Fue un buen ingenio La Esperanza.