La comunidad La Picadora es un sitio mágico donde se ha creado un proyecto de ecoturismo como pocos. Lo iniciaron El Titi y Esther, pero colaboran todos los vecinos y los visitantes quedan enamorados del lugar y de su gente.
Eusebio Chirino, historiador y arqueólogo de Yaguajay, Sancti Spíritus, es el padre de esta iniciativa, quien por primera vez utilizara este espacio como sede de un evento bienal de Arqueología y Paleontología.
El 14 de febrero de 1998, se realizó el primero en La Picadora. Asistieron unas 60 personas y se alojaron en las casas de los campesinos, sesionaron en el consultorio médico y en el círculo social de la comunidad. Rápidamente mucha gente se ofreció para ayudar y así aparecieron asistentes, cocineras y hasta el grupo de músicos de la propia comunidad para amenizar las actividades.
Para el 2010, se cumplían 100 años del descubrimiento de un esqueleto completo de Megalongnus rodens (Perezoso gigante cubano ya extinto) por el Dr. Carlos de la Torre, en un residuario paleontológico cercano, hoy convertido en sendero turístico de obligada visita. Colocaron una tarja en el sitio de excavación y además investigadores del Museo Nacional de Historia Natural de Cuba, excavaron y encontraron nuevos restos de “edentados” cubanos.
Con todas estas acciones, la comunidad fue adquiriendo popularidad. Un día los visitó un equipo de fotógrafos, entre ellos, Julio Larramendi. De esa visita nació la idea de que Esther y El Titi estuvieran representados en el libro “Campesinos dentro del alma de Cuba”, publicado posteriormente.
Chirino, en sus andares científicos, conoció al vice rector de la Universidad de Villa Clara y lo invitó a uno de los eventos. Esta persona además dirigía un Proyecto de Innovación Agrícola Local (PIAL) y vio un gran potencial en la comunidad para crear una escuela de granos. Acción que devino en otro espacio exitoso para abrir nuevos caminos.
El proyecto PIAL organizó un evento sobre agroturismo en Viñales, donde invitaron a nueve mujeres y una de las escogidas fue Esther (esposa de Titi). Ella expuso sus escasas vivencias sobre el ecoturismo criollo luego, esas nueve mujeres, fueron a España para recibir nuevas capacitaciones.
Del curso desarrollado en Murcia, Esther regresó con ideas renovadas y al cabo de unos meses fueron visitados para comprobar los resultados. Ellos solo contaban con una cabaña rústica sin muchas condiciones, pero la opinión final los resaltó como el mejor sitio para recibir turistas, dada su naturaleza y calidad humana.
Desde España llegaron especialistas a visitar las comunidades y conocer los resultados alcanzados por las féminas. El equipo del proyecto se hospedó precisamente en La Picadora y alegaron igualmente que era el espacio ideal para recibir turistas.
Al cabo de dos meses los llamaron del Instituto Nacional de Ciencias Agrícolas (INCA), para comunicarles que una agencia francesa quería enviar turistas a Cuba, en modalidad de ecoturismo y venían a visitar a Esther, a partir de lo aprendido en el curso internacional.
Se hospedaron por tres días en las cabañas rústicas; como siempre, la comunidad colaboró con todo. Asaron un puerco, amenizaron con la música local y los visitantes vivieron la experiencia de moler su propio café del desayuno; participaron en la fabricación de ladrillos artesanales con una rústica maquinaria, en los cuales dejaron su impronta, entre otras muchas iniciativas.
La calidad humana y de los servicios fue tan buena, que los franceses les comunicaron, que oficialmente en dos semanas llegarían los primeros turistas.
Quienes tuvieron la oportunidad de disfrutar de las azules aguas de Rancho Querete, las cuevas de Cayo Caguanes y la leyenda del Pelú de Mayajigua, en el rancho del mismo nombre, además del cálido trato que les abrió el definitivo camino del ecoturismo.
La atención por parte de Titi, Esther y los vecinos siempre es natural y esmerada, ellos comparten sus costumbres, tradiciones y los llevan a visitar lugares con una rica biodiversidad e historia.
Lo turístico jamás ha restado importancia a la parte científica e investigativa. En estos momentos, además del hospedaje y las actividades de ecoturismo, apoyan el proyecto “Despertando Sueños”. Cuentan con un aula ecológica y una biblioteca y se continúa realizando, cada dos años, el evento de Arqueología y Paleontología a cargo de Chirino.
Uno de los senderos históricos que muestran a los visitantes, está de camino a la comunidad Las Llanadas, que data de 1900, y conserva entre sus tradiciones la dura labor de hacer cal artesanal, aprovechando la roca caliza del lugar. Ese proceso comienza con la construcción de un horno de ladrillos refractarios y luego se extraen rocas calizas de la montaña. Para cada horneada hacen falta cinco carretas de rocas, que equivalen a 10 m 3 de caliza. El 70% de las rocas se fragmentan en pequeños pedazos.
Se comienza a montar el horno con la piedra que no se trituró, a manera de bóveda y dejando un vacío interior para colocar leña. La madera utilizada es el Ipil ipil (Leucaena leucocephala), una especie invasora, controlada de esta manera. Se necesitan igualmente 10 m 3 de leña.
El tratamiento de la quema dura unas 72 horas y es un trabajo muy fuerte. Hay que alimentar el horno cada una hora y la persona encargada recibe una fuerte dosis de calor constante. Pasadas 72 horas, el horno se abre y se deja enfriar unas cuatro horas, se extraen las cenizas y los pedacitos de carbón y 12 horas después se derrumba.
Durante el horario de la madrugada del siguiente día, comienza el proceso de envase, se utilizan sacos de 100 libras cada uno, para lo cual se necesitan de ocho o 10 hombres, por ser una tarea agotadora. De cada horneada se obtienen entre 300 y 400 sacos de cal.
La cal es utilizada en Cuba para pintar muros, en la higienización de vaquerías y cochiqueras, como plaguicida en los campos agrícolas, para estabilizar el PH del suelo, en la construcción como aglomerante y en la industria azucarera.
La mayor experiencia vivida en estos sitios la aporta su gente, el campesino cubano es de alma noble, comparte todo lo que tiene con quienes llegan hasta sus tierras y en especial, en La Picadora el trato es en extremo familiar.