El Templete es un monumento muy particular por constituir el lugar donde surgió La Habana, la capital cubana, y hoy centro de atención de muchos turistas interesados en la historia y cultura de este país.
Situada en la Plaza de Armas del centro histórico de La Habana, declarado Patrimonio de la Humanidad, la edificación, un pequeño templo grecorromano, se levanta en el lugar donde se fundó la capital cubana en su actual ubicación, el 16 de noviembre de 1516.
Su apertura data de 1828 y, según expertos, fue la primera construcción de carácter neoclásico de la ciudad, y una de las obras civiles que más influyó en la arquitectura de Cuba.
La fachada está conformada por un pórtico de seis columnas dóricas, sosteniendo un friso decorado, y un frontón prominente con una inscripción conmemorativa de la inauguración. La contrafachada tiene cuatro pilastras con capiteles dóricos y otros adornos. El techo es plano, con una cornisa amplia, y los pisos interiores están hechos de mármol.
El edificio está decorado interiormente con tres grandes lienzos del pintor francés Juan Bautista Vermay, creador de la habanera Academia de pintura San Alejandro, los cuales reflejan momentos fundacionales de la ciudad.
En las afueras del templo, se encuentran la Columna de Cagigal, en honor al gobernador que ordenó erigirla (Francisco Cagigal), sobre la cual hay una imagen de la Virgen del Pilar, patrona de los navegantes españoles; un busto del conquistador Hernando de Soto, primer gobernador, y una ceiba, en recuerdo de la primigenia bajo la que se celebró la primera misa y el primer cabildo de la villa de San Cristóbal de La Habana.
El árbol, que por el paso del tiempo ha debido ser reemplazado en varias ocasiones, es centro de una arraigada tradición: todos los años, la víspera del 16 de noviembre, centenares de capitalinos y visitantes acuden al sitio, dan tres vueltas a la ceiba, echan una moneda a sus raíces y, en silencio, formulan un deseo.
Todo el recinto está cercado por lanzas de hierro terminadas en puntas de bronce, con pilares rematados por copas con piñas, lo que introduce un toque tropical en la concepción neoclásica.
Considerado tesoro de la arquitectura colonial en Cuba, El Templete traspasa la huella del tiempo y se conserva como un espacio histórico, bello y fotogénico, que no pasa inadvertido a transeúnte alguno.