La arqueología es la ciencia que estudia el pasado a partir de sus restos materiales. Cuba es rica en residuarios arqueológicos asociados a diferentes contextos. Muchos de los resultados de sus históricas excavaciones se pueden apreciar hoy en museos especializados, artículos científicos y en los propios sitios del hallazgo.
El hombre, en sus andares por el mundo y en sus diferentes etapas de desarrollo, ha dejado huellas por doquier; es por eso que los arqueólogos tienen aún mucho trabajo por realizar. Los principales contextos investigados en Cuba son: aborigen, asociado a cuevas, lagunas o terrenos donde estuvieron enclavados sus asentamientos y donde se puede encontrar todo tipo de utensilios de trabajo y ceremoniales; también enterramientos humanos y pictogramas en espacios visibles de las cavernas.
También existen importantes sitios de excavación en contextos coloniales, principalmente en ciudades antiguas como Baracoa, Trinidad o La Habana, entre otras. Estas urbes conservan casas de la época con pozos, aljibes o letrinas que fungieron antaño como basureros, cuando aún no existían sitios comunes donde depositar los desechos sólidos. Durante las excavaciones realizadas por estratigrafía natural en esos espacios, se puede tejer la urdimbre de cada uno de los momentos históricos descritos en los documentos conservados en archivos.
Otra fascinante rama es el contexto subacuático. A Cuba se le llama “La llave del Nuevo Mundo”, pues fue el punto de reunión de las flotas de América antes de su travesía de regreso a España; recibía en sus puertos a las embarcaciones que necesitaban reparación y avituallamiento. A San Cristóbal de La Habana llegaban embarcaciones de todas partes del mundo con cargas de todo tipo.
Es por eso que se reportan alrededor de 1 800 pecios distribuidos por todo el territorio insular, de los cuales solo se han podido excavar alrededor de una centena. Uno de los más emblemáticos es el aviso Sánchez Barcaíztegui, nombrado “Pecio escuela de la arqueología cubana”. Utilizado por la Armada Española como crucero de segunda para perseguir y hundir embarcaciones de suministros para los patriotas que luchaban contra el colonialismo español.
Era un barco tan lujoso que, el día 8 de mayo de 1893, le encargaron recibir a la infanta María Eulalia Francisca de Asís, hija de la reina regente Isabel II, en el puerto de La Habana.
Hoy ahí yace, hundido en el mismo canal de entrada a la rada habanera, muy cerca del Faro del Morro, luego de una colisión inevitable con un buque de mayor porte. No muy lejos de allí, exactamente en el Castillo de la Real Fuerza —hoy devenido en Museo de Arqueología Subacuática y Naval—, se expone una colección variada e interesante de piezas excavadas entre sus restos y otras embarcaciones naufragadas que transportaban valores en oro y plata.
También hay pecios que se pueden visitar, guiados por buzos especializados, como los restos del Cristóbal Colón, perteneciente a la flota española comandada por el almirante Cervera, hundido en Santiago de Cuba en combate con la flota estadounidense de William T. Sampson.
El Chorro de Maíta en Banes, Holguín, es también una excavación convertida en museo al aire libre; muestra in situ algunos enterramientos funerarios con todos sus atributos de cementerio aborigen, donde se encontraron más de 110 esqueletos de filiación agroalfarera de la etnia arauca.
Algunas casas coloniales muestran testigos arqueológicos en sus paredes, vitrinas o residuarios expuestos, donde se exhiben piezas extraídas de sus excavaciones o pinturas murales, como el museo dedicado a esta temática en la calle Obispo de La Habana.
Con respecto al arte rupestre, el hombre dejó huellas notables en las paredes de su primera morada: las cuevas. Estas fueron plasmadas con pintura roja (hematitas o pequeños fragmentos de hierro) y negra (pigmentos extraídos del carbón), a través de pictografías o rayadas en la roca: los petroglifos.
Se encuentran en todo el mundo figuras diversas: manos plasmadas (técnica de manos pintadas), redes (rediformes), animales (zoomorfas), círculos concéntricos y figuras humanas (antropomorfas), representadas cazando, en ritos funerarios y actividades cotidianas, entre otras.
Como ejemplos de este arte parietal en Cuba, están las pictografías de las cuevas de Punta del Este, en la Isla de la Juventud, con grandes murales de círculos concéntricos intercalados entre los colores rojo y negro en la “Capilla Sixtina del Arte Rupestre Cubano”.
En la Cueva del Cura, en Viñales, hay figuras humanas portando cruces, aves y glifos; y en la de El Abono, a mitad de mogote, toda una flota de barcos pintada en negro. La mayoría fueron descubiertas y registradas por el espeleólogo Hilario Carmenate.
La Cueva de Ambrosio en Varadero, Matanzas, adaptada para el turismo hoy, conserva abundantes y terminados pictogramas en color negro. La Cueva Ramos en Cayo Caguanes, Sancti Spíritus, posee pictografías hojiformes de gran tamaño, destacando una de ellas por su magnificencia como identificador del Parque Nacional Caguanes.
En Cuba queda mucho por explorar, descubrir y excavar en busca de confirmar los pasajes de la historia que quedaron recogidos en documentos históricos, punto de partida de cualquier intervención arqueológica.